Friday, September 22, 2006

La raiz de Nenisha


Katia: Parte 1. El paquete de Estela

Nota de la autora: Para no cegar ni agotar mis lectores con un post chucha de largo, decidi dividir la seccion dedicada a Katia en tres partes separadas y al mismo tiempo incrementar el tamano de la fuente.


Hay que leer todo en orden cronológica explicaba la carta sucinta y tersa que acompañaba el paquete cuyos contenidos cubrían el escritorio del apartamento monástico de Katia: primera las telas, después los diarios, porque Nenisha aprendió tejer antes de escribir. Katia examinaba cada objeto, tocándolo con la punta de los dedos en forma casi reverente. Una lata grande de marca Avena Quaker contenía las telas, envueltas cuidadosamente en papel de estaño. Los diarios eran viejos, con el mismo olor a polvo y humedad que suelen adquirir los libros guardados por años en sótanos, azoteas y bibliotecas personales. El papel de las páginas era tan delicado como hojas otoñales. Katia abrió uno al azar y vio una serie de símbolos raros, en algunas páginas se veían rayos y puntos, alineados perfectamente sugiriendo una orden y por ende, un significado. Otras páginas tenían agrupaciones de círculos y espirales. Abriendo un segundo libro vio que estaba escrito en inglés, un manuscrito delicado y femenino. De los ocho libros, dos tenían ese lenguaje de figuras raras. Katia también examinaba las telas, una serie de imágenes ya desteñidas con el transcurso de los años. El primero mostraba un paisaje hermoso, pero el tiempo parece que había cambiado el colorido puesto que el cielo era de tinte rosado, y las montañas púrpuras y anaranjadas, una tela con imagen de estrellas blancas y verdes también la llamaba la atención, luego las telas tenían imágenes de niños, de hombres y mujeres. La última contenía solo amapolas.

La carta, y el paquete vinieron de su abuela paterna el día de su quinceañera. Katia aprendió de su existencia mientras visitaba a su madre durante la semana santa en Colona, el pueblo del interior donde nació y donde vivía hasta hace un año cuando migró a la ciudad para comenzar sus estudios superiores. Katia estaba ayudando a su madre mudarse de la casa que compartían las dos y Petra, su media hermana menor, cuando encontró la caja que contenía fragmentos de su hemisferio desconocido y que había pasado los últimos ocho años tras la cortina de vestidos refinados que Tisbea apenas lustraba. Sacó la caja sellada, mirando detenidamente a su propio nombre deletreado en un manuscrito chico y apretado.

"Y cuando ibas a darme esto?" preguntó Katia a su madre cuando esa entró el cuarto vacío con más bolsas de plástico para los ganchos.
"Ah esa cosa. Intentando a cargarte con sus mismísimas tonterías. Hija, mi suegrita nunca sintió conforme con la mujer que se casó con su hijo, y cuando murió no quiso tener nada que ver conmigo ni contigo, este hizo clarísimo." Tisbea respondió con voz atónica y metal, la que siempre utilizaba para sellar sus propias emociones.
"Pero ese paquete fue mío mamá,"
"Yo tuve mis razones, eras demasiado niña para ser expuesta a sus locuras de vieja. Tu no la conocías como yo, yo vi el escándalo que armaba cuando naciste, porque en su familia cada persona tradicionalmente tenía un solo hijo, y tu eras la segunda. Aún cuando tu hermano y tu padre murieron en el accidente no quiso reconocerte."

De hecho, la presencia de Estela Escobar en la vida de Katia se debía a una memoria singular: de una mujer severa y delgada, de aspecto casi vasco si no fuera por sus ojos de color de ventisquero. Estela, su moño negro tapado por una bufanda plateada, la escudriñaba largo rato mientras la niña de seis años se sentaba, sola en un rincón de la sala alfombrada y pesada con la presencia de la muerte, mirando sus zapatos pulidos como espejos y buscando en vano oír los pensamientos que su padre que le había acompañado desde los comienzos de su memoria. Katia oía los pensamientos de todos, fue ya a esa edad un zumbido constante que su padre le había enseñado a ignorar, bloquear o amplificar. Es mejor que no los oigas tanto hija, te pueden dar pesadillas, la gente suele ser más oscura adentro, que afuera. Concéntrate en los míos, porque no es posible que yo piense en ti sin amor. La voz de Estela en su mente le sorprendió, partiendo los pensamientos de la niña como un soplo. Katia se acercó cabizbajo y Estela en un gesto intencional le acarició la mejilla y le apretó la mandíbula, levantándole la cara forzosamente y penetrando con su mirada azulada y su mente disciplinada hasta los átomos de la niña.
Qué te ha enseñado tu padre?
Callar los sonidos para que duerma bien,
Qué te ha contado sobre nosotros?
Que oimos cosas que los demás no oyen, que un día iba a explicarme la razón, que me iba a enseñar muchas cosas.
Las lágrimas deslizaron hacia sus orejas. Estela le soltó la cara y le pasó un caramelo de menta, sin suavizar su aspecto ni su expresión. En ese momento apareció Tisbea, furiosa, agarrándole a Katia por el hombro y dirigiéndola hacia un tío que se la llevó del funerario.
Eres la última del estirpe. El pensamiento nítido de Estela resonó en su cabeza mientras escuchaba la voz iracunda de su madre retando a la señora mayor. El caramelo le quemó la lengua.

La voz de Estela en su mente y el silencio preñado y perfumado del funerario volvieron al recuerdo de Katia mientras acariciaba el paquete.

"Me pregunto porque me habría escrito" dijo, buscando como abrir la caja.
"Probablemente pedir absolución, puesto que murió de una linfoma en 99"

0 Comments:

Post a Comment

<< Home